La obra de Teresa Matas enlaza con una posición artística femenina desde los años sesenta que tiene que ver con el deseo y la (im)posibilidad del goce y se traduce en una relación con el cuerpo, el vestido y el espacio doméstico dolorosamente percibidos, sentidos como una carga o una imposición, a veces voluntariamente elegida, a menudo angustiosa. La maternidad, el espacio doméstico, la sexualidad, la piel y el vestido y, sobre todo, la negación o ausencia de lenguaje y de cuerpo conforman el núcleo de una mirada y de una historia planteada desde las performances y fotografías de los años sesenta y setenta de Marina Abramovic, Gina Pane, Cindy Sherman o Hanna Collins hasta las recientes obras y videos de Jana Sterbak y Nicola Constantino, Gillian Wearing, Shirin Neshat y Valérie Belin. En la mayoría de ellas, la mujer se cubre con la tela, la piel animal o la cosmética como una marca o una máscara, muestra una carne desgarrada, mutilada o torturada, una herida que es una costura o el dibujo de una mutante o irreconocible identidad, expulsa unos órganos insoportables de contener en el interior de un espacio comprimido. A menudo, se trata a sí misma como un icono, una mercancía, un objeto del deseo o del placer de otro. Gran parte de la producción artística realizada por mujeres desde los años sesenta se dirige, más que a la confirmación positiva del cuerpo y la mirada femenina, a señalar una ausencia, un vacío de identidad, una alienación dolorosa. Los trabajos del dolor, como muestra Teresa Matas en sus performances y en sus tejidos, son antiguos y casi interminables. No solamente atañen a la mujer: también, como escribieran Kafka en La metamorfosis o Samuel Beckett en El innombrable, al hombre y la búsqueda de identidad, de un lugar y un cuerpo que nunca se encuentran. Es la historia de un fracaso y de una humillación, pero también de una revuelta, de una resistencia a ser domado, domesticado, subyugado. En este sentido, el sufrimiento se transforma en un trabajo de desenmascaramiento de construcciones ideales, de expectativas falsas, de mundos irreales pero opresores. El dolor, en un acto de rebeldía. El arte y la escritura, en una afirmación de su conciencia de liberación.
Piedad Solans 2007